Apariencias

En realidad ni siquiera le gustaba el jazz, como tampoco le interesaba lo más mínimo la evolución del impresionismo abstracto, pero decenas de discos de Miles Davies, de Coltrane o de Charlie Parker se exhibían relucientes en las lujosas estanterías de su salón junto con aquellos libros de arte que sólo había tocado en una ocasión, el día que los recibió por correo y viajaron directamente de su embalaje a las baldas de caoba.

Carlos Rosae, 2015
Todos los derechos reservados.

Tesoro de infancia

El tiempo y el polvo habían apagado los colores de la cajita metálica que acababa de descubrir por casualidad detrás de la cómoda. La tapa chirrió levemente. El interior contenía el pequeño tesoro que un niño había escondido allí muchos años atrás. Cromos de animales, lápices desgastados, una rana de hojalata… Un juguete llamó poderosamente su atención y despertó su aletargada memoria. Hans recordó entonces, como si fuera ayer, que aquel soldadito de plomo era el único que pudo conservar de toda su colección, cuando aquellos hombres de uniforme gris irrumpieron a grandes zancadas en la panadería de su padre.

* Micro-relato escrito para participar en el taller de micro-relatos de http://www.literautas,com en el mes de junio de 2015.

Carlos Rosae, 2015
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Naúfrago

Desde la cubierta de aquel lujoso yate, entre mojitos y piñas coladas, dos de los invitados a la fiesta habían divisado una figura humana. No llegaba a ser ni siquiera una isla, seguramente la vivienda de cualquiera de los viajeros de la embarcación tenía mayor superficie que la de aquel pequeño atolón. Varios miembros de la tripulación fletaron un bote y remaron hacia aquel pobre hombre, que desde la orilla creía estar ante una visión celestial.

Era un hombre de mediana edad, semidesnudo, con la piel curtida por el sol. No sabía con certeza cuánto tiempo llevaba allí solo. Su nombre era Philip Dalmont. Según les contó, era un novelista que viajaba en un barco pesquero con el fin de documentarse para su próximo trabajo, pero una inesperada tormenta y una red traicionera hicieron que cayera desde la cubierta a un mar embravecido. Cuando pasó la tormenta y despertó, se encontró en aquella porción de tierra en medio del océano.

El naúfrago y sus salvadores subieron al bote poniendo rumbo hacia la nave. Philip estaba raquítico. Cuando se situaron junto al yate, su estómago comenzó a rugir por el hambre, seguramente tras percibir el olor a langosta que acababa de salir de la cocina. Cuando por fin subieron a cubierta, los ojos de Philip se abrieron como platos: marisco, canapés, sandwiches, cócteles variados… El capitán lo recibió cordialmente con una sonrisa, que se desvaneció por una mueca de asombro cuando el naúfrago pidió insistentemente papel y bolígrafo, comenzando a escribir como un poseso en cuanto se lo entregaron.

-Llevo casi cinco años con una idea brillante en la mente como una pesada carga y ni por todas las malditas langostas ni manjares del mundo quiero perderla. La comida pueda esperar.

Carlos Rosae, 2015
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“Verne” (un relato futurista)

Podía haber memorizado en cuestión de segundos cada uno de aquellos rudimentarios sistemas de almacenamiento en papel. Ocupaban mucho espacio, pesaban, su contenido no se podía editar, su acceso no disponía de medidas de seguridad… Los humanos los llamaban libros y aquel androide de combate no era capaz de entender el apego que en ellos despertaban. Tampoco podía comprender el placer que los humanos decían obtener con una tarea lenta y tediosa como era pasar sus ojos de forma pausada sobre aquellas marcas de tinta impresa en una estructura de celulosa.

Era una unidad DROAS (Droide de Asalto), concretamente la unidad DROAS MM15622 y había acabado atrapado en aquel edificio abovedado cuando trataba de repeler un ataque enemigo detectado por los espías pocas horas antes. El edificio se desplomó, pero los robustos y antiguos pilares mantuvieron en pie aquella gran sala, bajo toneladas de escombros. Sólo las minúsculas rendijas de luz que quedaban entre los bloques de cemento y los cientos de hierros retorcidos iluminaban aquella estancia que los humanos llamaban “biblioteca”.

El estruendo de las cargas enemigas cesó de pronto y un silencio sepulcral invadió la sala. Tras realizar un escáner de la estancia y realizar complejos cálculos sobre las probabilidades de salir de allí, la unidad MM15622 llegó a la conclusión de que escapar de aquella improvisada prisión era imposile. Empezó a contar las horas y después los días. Desconectarse no era una opción, lo habían programado para que aquella orden solo pudiera darse desde el centro de mando. Se acercó a las estanterías y comenzó a analizar aquellos objetos, que le eran del todo extraños. Cogió un primer volumen, uno de los más gruesos, y tras analizarlo por su visor obtuvo millones de datos extraídos de su contenido. Aquella información parecía haber sido introducida por un tal “Miguel de Cervantes” hacía más de mil quinientos años. No le impresionó lo más mínimo pero algo parecido a la curiosidad en sus circuitos hizo que volviera a abrir aquel volumen por la primera página y comenzara a pasar su visor lentamente por cada una de las palabras. Una sensación extraña le invadió cuando comenzó la segunda página, se percató de que estaba leyendo como un humano. Siguió avanzando párrafo a párrafo, los ceros y unos en su procesador fueron sustituidos por imágenes que él mismo creaba a partir de aquellos textos: paisajes, viajes, aventuras lejanas en el tiempo y en el espacio, historias que nunca viviría, personajes a los que nunca conocería. Eran sensaciones que jamás había experimentado y que parecían hacerlo comprender un poco más la mente humana.

Los días, las semanas y los años pasaron. Allí había una cantidad ingente de volúmenes que leer, cada cuál más interesante que el anterior. Comenzó a tener sus favoritos, que incluso releyó por el único placer de hacerlo. Desterró de sus circuitos el código binario para sentir el ansia de venganza de Edmundo Dantés, para viajar hasta el centro de la tierra siguiendo las indicaciones de Verne, para luchar contra un dragón de la mano de Tolkien, conoció a Long John Silver en “La isla del Tesoro”, se identificó con Robinson Crusoe deseando encontrar un Viernes que le hiciera compañía e incluso comprendió el origen de las leyes de la robótica a través de Isaac Asimov…

Habían pasado casi doscientos años desde el ataque. Un grupo de colonos trataba de reconstruir la ciudad, de la que sólo quedaban ruinas. Las grandes excavadoras retiraban los escombros cuando de pronto la antigua biblioteca emergió entre los cascotes. Parecía una burbuja en el tiempo, los libros, todo había quedado a salvo de la destrucción al desplomarse la bóveda. Un rayo de sol provocó un reflejo metálico en el centro de la sala. Un antiguo droide de asalto yacía boca abajo. Uno de los hombres se acercó, comprobando que su batería se había agotado muchos años atrás. Le sorprendió que no fuera un rifle de asalto lo que sostenía entre las manos, sino que parecía sujetar un viejo volumen encuadernado con tapas rojas. Cuando comprobó fue a comprobar el número de referencia, que todos los androides llevaban marcado en una placa en la superficie de su pecho, vio que el número identificativo había sido rallado con algún objeto punzante y que en su lugar aparecía grabado toscamente un nuevo nombre: “Verne”.

Carlos Rosae, 2015
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Sábado perezoso (Basado en una historia real, muy a mi pesar)

Se levantó tarde, la semana había sido dura en el trabajo y necesitaba recuperar horas de sueño. Hacía días que tenía en mente empezar a hacer algo de deporte a diario. Nada más poner un pie en el suelo de su cuarto se prometió a si mismo en voz alta

– Un desayuno ligero y salgo a correr media hora por el parque.

Preparó la bandeja con su zumo, su café y un par de tostadas y se sentó en la mesita del salón frente al televisor. Que suerte, ponían una reposición de su serie favorita. En el sofá se estaba muy cómodo. En la bandeja ya sólo quedaban una taza y un vaso, ambos vacíos, y unas migajas de pan tostado.

– Todavía es pronto y no tengo otro pito que hacer. Esperaré a que termine la serie y me pongo la ropa de deporte.

Un funesto rótulo de “To be continued” lo dejó en ascuas, pero no hubo problema porque inmediatamente después y sin publicidad, comenzaba la siguiente entrega retomando la anterior. Era un día festivo y se lo podía permitir, pensó. Esperaría un poco más para ir a por sus flamantes zapatillas nuevas de “running”.

Por fin, la serie terminó. Apago el televisor y ya en su habitación, sacó la camiseta, el pantalón corto y sus zapatillas. Estaba sentado en la cama anudándose los cordones cuando la maldita pantalla de su ordenador llamó su atención y no pudo resistirse a echar un vistazo al correo. Se convenció de que sólo leería un par de e-mails y saldría al parque. Uno de los correos lo llevó a las redes sociales y un anuncio en su perfil hizo que acabara plantando zanahorias en una odiosa página de juegos online.

Miró su reloj, había quedado para comer en una hora. Tendría que cambiar de planes para llegar a tiempo, pero su amor propio le decía que tenía que salir a hacer deporte porque se lo había prometido a sí mismo.

– No hay problema, una duchita y en lugar de coger el coche voy andando hasta el restaurante. No es correr, pero oye, si voy a ritmo ligero puede valer para ser el primer día.- Pensó autoengañándose.

Se metió a la ducha, la sensación del agua caliente resbalando por su cuerpo era muy placentera y entre semana no tenía tiempo para relajarse de esa manera. Cuando salió, tras secarse con su toalla vio la luz blanca del móvil parpadear. Llegaba tarde a comer, tendría que coger el coche. Adiós a su promesa nuevamente, pero su mente se volvió a engañar con las tres palabras mágicas:

– Mañana sin falta.

Carlos Rosae

Trotamundos

Había tenido una vida larga e intensa, estaba orgullosa de haber servido a varias generaciones de la misma familia. Viajes de placer, de negocios, mudanzas… aquella vieja maleta había atravesado mares y océanos, viajando en todos los medios de transporte posibles, visitando lugares elegantes y otros exóticos. El uso y el paso del tiempo habían dibujado en su piel un mapa de roces y marcas, pero su último dueño le tenía un cariño especial y se negaba a deshacerse de ella. Ahora había emprendido su último viaje. El trastero de Enrique sería su lugar de retiro, allí intercambiaría historias con otras viejas compañeras y podría dar consejos a los nuevos equipajes que todavía apenas habían visto mundo.

Carlos Rosae, 2015
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Obsesión

La casa llevaba un tiempo deshabitada. Apenas se percató de las docenas de cartas desperdigadas por el suelo de la entrada. La puerta hizo un ruido sordo cuando se cerró a sus espaldas y permaneció inmóvil unos segundos, concentrándose en el sonido de su respiración. Sus pasos resonaban a medida que avanzaba por el pasillo, que parecía no tener fin. La elegante puerta de madera de teca parecía alejarse cada vez más, así que inició una frenética carrera hasta que por fin agarró desesperadamente su pomo dorado. Lo giró lentamente y al abrir la puerta le invadió un olor acre. Todo era penumbra, a excepción de la poca luz que entraba por las rejillas de aquellas persianas de madera descolorida. Se acercó al escritorio hasta palpar la pequeña lamparita. Con cautela, tiró suavemente del cordón escuchando el leve “clic” y deslumbrado por la luz, tuvo que entrecerrar rápidamente los ojos. Pestañeó varias veces, distinguiendo una forma borrosa sobre la mesa. Forzó la vista hasta que la distinguió con nitidez y un nervio frío recorrió su espina dorsal haciéndole dar un salto hacia atrás, llevándose las manos a la cabeza. Aquello no podía seguir allí, creía que los meses de tratamiento en aquel hospital psiquiátrico habían acabado con ello, su mayor obsesión y la causa de sus males. Cientos de libros tirados por el suelo acumulaban el polvo y allí, sobre la mesa, la amenazante hoja de papel en blanco le desafiaba mientras el escritor se acurrucaba indefenso en el lado opuesto de la sala.

Carlos Rosae, 2015

1846

El tren avanzaba entre nubes de vapor por un manto de nieve. Pronto llegaría al viaducto, desde donde los pueblos del valle parecían de juguete, y tendría que aminorar su velocidad. Al otro lado, ocultos entre los frondosos abetos, media docena de hombres armados aguardaban en sus monturas la oportunidad para asaltar el valioso convoy. Ethan conocía bien aquel recorrido. Su vida había dado un giro inesperado. Tenía que mantener a su familia. Rifle en mano, con la vista fija en la vía, recordaba como si fuera ayer cuando la Railway Corporation lo despidió reemplazándolo sin explicaciones por otro maquinista.

Carlos Rosae, 2015
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“Mardi Gras”

Escuchó el silbido del proyectil sintiendo cómo la piel de su hombro izquierdo se desgarraba a medida que la bala continuaba su trayectoria. Agazapado tras los barriles de cerveza que se habían convertido en improvisado refugio, notó el calor de la sangre, que comenzaba a empapar su camisa. Tenía una enorme presión en las sienes, mezcla de la tensión del momento y de la botella de whisky de la que había dado cuenta la noche anterior. Al otro lado de la calle todavía quedaban en pie dos de los tres hombres armados que le perseguían. Había liquidado al tercero a los pocos metros de iniciar su escapatoria, justo después de eliminar al objetivo al que llevaba siguiendo meses, pero no contaba con que dos de sus escoltas estuvieran en el piso de abajo.

Había llegado a Nueva Orleans la mañana anterior. Sucio y cansado del largo viaje, dejó su maleta a medio deshacer en la cama y se acercó a la ventana apartando cautelosamente la cortina. No era fácil conseguir una habitación con vistas a Bourbon Street en las fechas del Mardi Gras, pero un cliente había cancelado su reserva el día anterior. Desde allí podía vigilar la entrada del “Magic 8-Ball”, el local donde se había citado con un contacto. El trazado de las calles, los edificios, todo lo que había memorizado durante semanas sobre planos tomaban ahora forma ante sí. Tras una ducha relajante y pedir algo de comida, se sentó a esperar. Cinco minutos antes de la hora acordada un hombre con una gorra de los “Pelicans”, el equipo de béisbol local, entraba en el bar donde debían verse. Robert guardó la pistola en su bandolera y se dirigió al punto de encuentro sin prisas, tratando de no llamar la atención.

Aquel antro era un lugar angosto y poco iluminado. En la barra se agolpaban media docena de parroquianos, tan enfrascados en su conversación que ninguno de ellos se giró cuando entró al local. En una de las mesas, alejadas de la barra, el tipo de la gorra leía el periódico.

¿Los “Pelicans”? Creía que eras un acérrimo de los “Cephyrs”.

Lo era, hasta la temporada pasada. Toma asiento y relájate, se te nota tenso. Acabo de pedir una botella de whisky y un par de vasos.

Por debajo de la mesa, el tal Angus entregó a Robert un plano turístico en el que había marcada una localización con unas notas. Los dos tipos estuvieron charlando animadamente durante casi dos horas de béisbol, de baloncesto y de otros temas irrelevantes, como si fueran dos viejos amigos habituales de aquel lugar. Al volver al hotel Robert tenía la vista borrosa y le costó concentrarse en aquel plano arrugado, que estuvo estudiando hasta que el sueño le venció.

Despertó sintiendo una taladradora en su cabeza, intentó despejarse y salió por la puerta del hotel ataviado como un turista, con la diferencia de la pistola que ocultaba en su chaqueta. Caminó hacia el viejo casino, cubierto por la hiedra. El enorme recepcionista que hacía un momento custodiaba la puerta se había ausentado los cinco minutos acordados gracias a la generosa “donación” que había recibido días atrás, por lo que llegar hasta la elegante puerta de teca del despacho no supuso un problema. Giró el pomo y apenas había distinguido la sombra de detrás del escritorio cuando la bala salió de la recámara, acompañada de una segunda. Corrió hacia la mesa en la que su víctima acababa de desplomarse y cogiendo impulso con su pie izquierdo saltó por el balcón, rodando sobre si mismo en su caída. Apenas se había reincorporado cuando vio a los tres hombres, guardaespaldas del narco, salir al exterior pistola en mano. Con un tiro a ciegas abatió al primero y emprendió una feroz carrera hasta llegar al porche del bar en el que se ocultaba ahora, tras recibir un balazo en su hombro.
Aquel lugar estaba muy transcurrido. Un grupo de gente ataviada con collares y ropas de estridentes colores comenzó a ocupar la calle. El desfile empezaría pronto y sus perseguidores no abrirían fuego en un lugar donde la presencia policial se había triplicado en los últimos años. Era su oportunidad para escapar, se confundiría entre la multitud y huiría de aquel lugar. El hombre que un año atrás había matado a su hermano cruelmente en aquella redada había caído por fin. Había cumplido su juramento. Sintió escuchar el sonido de la libertad. El desfile se acercaba. Los tambores comenzaron a sonar.

.Carlos Rosae, 2015
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Escribí este relato en uno de los talleres de escritura creativa que mensualmente organiza  “Literautas” a través de su web http://www.literautas.com.

El solitario señor Legardier

Si exceptuamos los furtivos avistamientos desde la mirilla de nuestras puertas, es curioso lo poco que conocemos a nuestros vecinos quienes vivimos en un bloque de viviendas.

Aquella mañana de agosto las teclas de la máquina de escribir parecían fundirse bajo las yemas de mis dedos mientras varias gotas de sudor huían del calor de mi frente. Tras un descanso de algo más de media hora, por fin había cogido ritmo para terminar aquella maldita historia que tanto trabajo me estaba dando. Súbitamente, un vendabal entró por la ventana provocando un estruendo cuando algo se estrelló con la mesilla de noche, derribando la lámpara y todas las fotografías. Me levanté como un rayo mientras toda mi concentración volvía a esfumarse por enésima vez.

Detrás de la lámpara asomaban dos patas de piel rugosa. Un loro de plumas grisáceas y de aspecto simpático parecía divertirse picoteando la foto de las vacaciones, que se había salido del marco. Probablemente, en un descuido, sus dueños se hubieran dejado la jaula abierta y el animal aprovechó la ocasión para salir a conocer mundo. Me asomé a la ventana pero no había nadie que estuviera lamentándose por la fuga del animalito y eran demasiadas las ventanas abiertas como para adivinar cuál era la de sus dueños. Cerre la ventana de la habitación. El loro parecía feliz haciendo “confetti” con mis recuerdos. Pensé en cogerlo con ayuda de un viejo sombrero pero no sabía donde dejarlo después.

Mi esposa había salido a tomar café con una de sus amigas. Por aquel entonces no teníamos teléfono en casa y todavía quedaba bastante tiempo para que los teléfonos móviles fueran algo al alcance del común de los mortales y no una especie de ladrillos tecnológicos reservados a cuatro esnobs que juegan al golf con sus carísimos palos. Quizás algún vecino me dejara utilizar su teléfono. Tenía que llamar a la protectora para que pasaran a recoger al animal, no podía quedármelo.

Salí al rellano de la escalera y, de forma instintiva, llamé al timbre de la puerta de enfrente. Cuando el timbre sonó me percaté de que había llamado a la puerta del vecino más extraño que tenía. El señor Legardier era un hombre mayor, ataviado siempre con un sombrero gris de otro tiempo, una pipa de maiz y un elegante bastón más ornamental que funcional. Por suerte no hubo respuesta, quizás no estaba en casa. Cuando estaba girándome para llamar a otra puerta, escuché el sonido de la llave y del pestillo corredero. Maldición, allí estaba el anciano con su habitual cara de vinagre. Tras preguntarme qué deseaba le pregunté si tenia teléfono, a lo que me respondió con una afirmación.

Nunca pensé que su casa fuera así, quizás me había dejado llevar por las tétricas historias que inventaban los niños del barrio. Era una casa muy acogedora, llena de cuadros, fotografias y recuerdos de muchos lugares. Me detuve observando una vieja fotografía, tomada probablemente en algún lugar de África, en la que un joven de aspecto familiar posaba junto a su guapísima esposa. Había otras tantas de los más exóticos lugares del planeta: la India, Australia, Perú… El carraspeo del anciano indicándome dónde tenía el teléfono me devolvió a la realidad.

El teléfono estaba cubierto por una capa de polvo más que considerable, contrastando con la pulcritud del resto del mobiliario. Cuando le pregunté si funcionaba su semblante dejó de ser de piedra y cabizbajo me confesó que no lo había utilizado en años porque ya nadie le llamaba ni él tenía a quien llamar. Tras consultar el listín, levanté el auricular marcando el número de la protectora. Cuando sonó el segundo tono mis ojos se posaron sobre el objeto situado al otro lado del salón, junto a las cortinas. Era una jaula, con una percha a su lado y parecía llevar vacía mucho tiempo. Colgué el teléfono y salí disparado de vuelta a mi casa, regresando un minuto después con un sombrero entre mis manos. Desconcertado, el anciano me preguntó si estaba bien. Levanté el sombrero dejando al descubierto al animal, que voló hasta la percha que a partir de aquel día sería su hogar durante muchos años. Fue la primera vez que vi sonreir a Legardier y, gracias a aquel pequeño animal, forjamos una gran amistad hasta el día en que el anciano emprendió el mayor viaje que había realizado, para reunirse con su esposa.

Carlos Rosae, 2015
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Este relato es uno de los primeros que escribí en los talleres de escritura creativa que mensualmente organiza “Literautas” en su web www.literautas.com (para quien no la conozca, recomiendo esta gran iniciativa que Iria y Tomeu realizan a través de su web).