La infusión

Un equipo de operaciones especiales había irrumpido en la casa al estilo de las películas americanas. La policía llegó más tarde, despertando con sus sirenas a medio vecindario. El perímetro había sido acordonado y varios curiosos se acercaban para tratar de averiguar lo que estaba pasando más allá de los setos del jardín.

Eduardo Barros rehuía la mirada del agente que lo interrogaba. Sentado en una silla y con las manos esposadas a la espalda, veía como registraban todas las dependencias de la casa abriendo puertas y armarios. Su mirada volvió a posarse sobre su taza favorita, que todavía humeaba en el centro de la mesa. Comenzaba a enfriarse.

Uno de los agentes extrajo la bolsita de la taza y la miró al trasluz, antes de etiquetarla como evidencia. Para su sorpresa, no contenía té, manzanilla ni ninguna otra hierba aromática, sino una extraña pulpa grumosa de origen incierto.

– Señor, venga, he encontrado algo.

El teniente se apoyó en la encimera, asomándose lentamente sobre el cajón abierto.Tras meses de investigación, al fin encontraban lo que estaban buscando. O al menos, parte de ello. El haz de la linterna iluminó los fragmentos desgarrados de tela, junto a varias bolsitas de té idénticas a la que habían visto antes. Un lienzo valorado en diez millones de dólares en la cocina de un aficionado a la pintura frustrado, en tratamiento psicológico y obsesionado con la obra de Munch. La infusión más cara del mundo.

Carlos Rosae, 2015
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Tras la persiana

Volví tarde a casa, más de lo que hubiera querido. Asalté el frigorífico y una vez aprovisionado de víveres, en la habitación escuché un sonido que provenía de la ventana. Al principio me pareció una especie de zumbido, pero a medida que agudicé el oído, lo fui escuchando de forma más clara. Era un ronroneo continuo, grave y su intensidad iba en aumento. Era verano, así que aunque la persiana estaba bajada, la ventana estaba abierta de par en par. Con cautela, me acerqué y miré temeroso por una de las rendijas de la persiana. Sólo oscuridad. De pronto, el monótono sonido se convirtió en lo que juro me pareció un rugido. No tuve valor para volver a acercarme a la ventana y corrí a acurrucarme bajo las sábanas.

A la mañana siguiente, más tranquilo, me reí de mi mismo con la idea de que una fiera hubiera trepado hasta mi ventana, en un tercer piso. Bostecé y distraído levanté la persiana prácticamente de un tirón. Súbitamente tuve que proteger mi cara con las manos. No, allí no había ningún león, tigre ni pantera, sino la intensa luz de una mañana de junio con la resaca de la noche anterior.

Carlos Rosae, 2015
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Inmortalidad

Desde que era un niño había sido educado para la guerra. Tomó como referentes aquellos héroes de las historias que le contaba su maestro: Aquiles, Odiseo, Hércules, Perseo… sus grandes hazañas habían alcanzado la gloria y la eternidad, persistiendo por los siglos de los siglos. Las tumbas de aquellos héroes habían sido olvidadas mucho tiempo atrás, sus espadas se habían acabado oxidando en el rincón más sucio de una cuadra, los palacios de los reyes por los que habían luchado habían sido reducido a escombros y reedificados decenas de veces, pero pese a ello, sus hazañas pervivían convirtiéndose en leyendas que se transmitían de generación en generación. Era una forma de inmortalidad al alcance de unos pocos elegidos y a la que estaba dispuesto a llegar fuera cual fuera su precio.

Las tropas enemigas habían avanzado hacia el Este. En unas horas tendría la oportunidad de convertirse en un mito, demostrando su valía en la batalla con alguna acción heroica.

Argyros preparó sus armas para la batalla mientras observaba embelesado un ánfora decorada con motivos sobre la expedición de Jasón y los argonautas, imaginándose que les acompañaba en busca del vellocino. Se colocó la capa y el yelmo recreando en su mente escenas de la guerra de Troya, visualizando a Aquiles luchar codo con codo con Ayax “el Grande”.

Cuando salió al exterior, fantaseaba imaginándose a si mismo luchando contra Héctor en medio del fragor de la batalla. Argyros estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no escuchó el traqueteo, no vio el carro que avanzaba a toda velocidad, de forma inexorable hacia él.

Obsesionado con la idea de lograr la inmortalidad a través de convertirse en una leyenda que perdurara en el futuro, olvidó la importancia de vivir cada momento y de ser consciente del mismo.

Carlos Rosae, 2015
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Verano

La luz de la tarde formaba sombras caprichosas sobre las desgastadas rocas que emergían entre destellos de un mar sereno. Los únicos sonidos los producían el suave vaivén de las olas al acariciar la orilla y los ecos de las gaviotas, que resonaban entre los rojizos peñascos de la cala. Tumbada, sentía el calor de la arena, acumulado durante aquel largo día soleado.

Lejos quedaba el sonido de los teléfonos de la oficina, los correos electrónicos interminables y las prisas por terminar los informes.

Carlos Rosae, 2015
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El temor de la gorgona

La luz de las antorchas proyectaba figuras fantasmagóricas entre las decenas de columnas mientras el héroe avanzaba por una de las naves laterales con paso lento. Monstruos tallados toscamente en los capiteles parecían amenazarle. Le costaba respirar, la atmósfera estaba cargada del humo de las antorchas y del intenso olor a azufre que emanaba de los pozos que rodeaban aquel siniestro templo. Las gotas de sudor parecían querer evaporarse nada más emanar de su frente. El calor era insoportable.

Su brazo derecho estaba en tensión, listo para saltar como un resorte y atravesar con su lanza todo aquello que le saliera al paso. En su brazo izquierdo, el escudo parecía más pesado que nunca.

Pequeños fragmentos de roca se esparcían sobre un suelo de complicadas filigranas formado por diminutas teselas. Era como si alguien hubiera picado piedra en el interior del templo. Entre las pequeñas lascas comenzaron a aparecer rocas de mayor tamaño, con formas curiosas. Una de ellas llamó su atención, tenía una forma que le resultaba familiar. Tenía que ser una forma producto del azar, o quizás el calor y los efluvios del lugar estaban nublando su mente. Reconoció el casco hoplita. Lo que tenía a sus pies era la cabeza de un guerrero tallada en piedra. Parecía demasiado real para haber sido esculpida por un artesano. Bajó el escudo, cambió la lanza de mano y se agachó lentamente para observar mejor aquella roca que lo había dejado ensimismado. Sus dedos apenas habían tocado la piedra cuando sintió una ráfaga y notó como unas manos, femeninas pero con una fuerza brutal, agarraron su cuello y lo levantaron un palmo del suelo. Asustado, agarró con fuerza su lanza y levantó la vista para asestar un golpe que lo liberara, pero nada pudo hacer cuando su mirada se encontró con aquellos ojos crueles, de los que emanó un resplandor que convirtió al soldado en piedra.

En el silencio del templo, la gorgona creyó escuchar el sonido del batir de unas alas en el exterior. Con un movimiento fugaz, se giró derribando al soldado de piedra, deslizándose entre las columnas hasta llegar a la entrada. Se ocultó tras el mármol ennegrecido por el paso del tiempo y al elevar la vista lo vio. Un caballo alado descendía desde las alturas obedeciendo las órdenes de su jinete, armado con escudo, lanza y espada. Otro héroe más que viene en busca de la gloria- pensó Medusa. No obstante, esta vez sintió un escalofrió que convulsionó todo su cuerpo y volvió a ocultarse, preparada para asaltar al nuevo visitante por sorpresa. Medusa sintió un mal presentimiento.

Carlos Rosae, 2015
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