Tras la persiana

Volví tarde a casa, más de lo que hubiera querido. Asalté el frigorífico y una vez aprovisionado de víveres, en la habitación escuché un sonido que provenía de la ventana. Al principio me pareció una especie de zumbido, pero a medida que agudicé el oído, lo fui escuchando de forma más clara. Era un ronroneo continuo, grave y su intensidad iba en aumento. Era verano, así que aunque la persiana estaba bajada, la ventana estaba abierta de par en par. Con cautela, me acerqué y miré temeroso por una de las rendijas de la persiana. Sólo oscuridad. De pronto, el monótono sonido se convirtió en lo que juro me pareció un rugido. No tuve valor para volver a acercarme a la ventana y corrí a acurrucarme bajo las sábanas.

A la mañana siguiente, más tranquilo, me reí de mi mismo con la idea de que una fiera hubiera trepado hasta mi ventana, en un tercer piso. Bostecé y distraído levanté la persiana prácticamente de un tirón. Súbitamente tuve que proteger mi cara con las manos. No, allí no había ningún león, tigre ni pantera, sino la intensa luz de una mañana de junio con la resaca de la noche anterior.

Carlos Rosae, 2015
Todos los derechos reservados.

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