La eternidad sobre el efímero papel

Sopló y la fina capa de polvo se disipó como pequeñas mariposas doradas, brillantes a la luz del mediodía, que viajaron por el cuarto hasta perderse más allá de las begonias del balcón. La encuadernación estaba ajada, las esquinas de las tapas se habían redondeado al pasar de mano en mano, de estantería en estantería, de un hogar a otro. Las páginas en su interior habían amarilleado ya muchos otoños atrás, resistiendo de forma estoica a su caída. El olor a tinta fresca recién salida de la imprenta había dado paso al amaderado, con notas de vainilla añeja. El autor había partido hacia el paraíso tiempo atrás, no hacia aquel lugar imaginario que hizo célebre en su novela cumbre, sino hacia ese lugar al que van los grandes cuando les llega su hora. Pese a todo ello, impreso en blanco y negro, junto a una pequeña reseña sobre el genio y su obra, Gabo seguía sonriendo como una bienvenida a aquel joven curioso que estaba a punto de adentrarse en su magia por vez primera.

Carlos Rosae, 2015
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