Despertar

Soñó que revoloteaba haciendo filigranas, sorteando amapolas en un mar verde y carmesí. El batir de sus alas parecía marcar el compás de cuanto sucedía a su alrededor. A medida que se elevaba, el frescor de la hierba y el zumbido de las abejas fueron quedando atrás. Los rayos del mediodía acariciaban su piel, más frágil que el papel, casi etérea. Aprovechó una cálida corriente de aire para ascender más y posarse en el majestuoso olivo, que parecía recibirla con sus centenarias nudosas ramas. El viejo campanario no quedaba lejos. Tomo impulso y se dirigió hacia la torre. Sentía la vibración del tañir de las campanas cuando divisó, allá a lo lejos, la inmensidad del océano. Se vio a si misma volando sin rumbo, libre, a escasos centímetros de la superficie de aquellas aguas.

De pronto, despertó. Sentía una sensación extraña, su cuerpo parecía distinto y estaba rodeada de una superficie traslúcida que comenzaba a desquebrajarse a medida que se movía para tratar de comprender lo que estaba ocurriendo. La crisálida había sido su hogar durante un sueño que le pareció eterno. Era hora de salir al mundo y de disfrutar de su libertad, de volar.

Carlos Rosae, 2015
Todos los derechos reservados.

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