El último recurso

Cuba, 1898

La presión que sentía en las sienes era insoportable. El cansancio acumulado tras dos días sin pegar ojo se apoderó de él. Le faltaba el aire, se desabrochó los dos primeros botones de su camisa y caminó unos pasos tratando de calmarse. No podía creerlo, el sobre estaba vacío y el avión que debía tomar despegaría en poco más de dos horas.

Se había visto obligado a confiar en aquel tipo, un cubano de mediana edad y aires estrafalarios llamado Gabriel Capri, conocido en toda la ciudad por sus negocios turbios y su bolsillo roto. Le costaba tan poco tiempo ganar cantidades ingentes de dinero como gastarlas, pero aunque de cuando en cuando estuviera al borde de la bancarrota, nunca renunciaba a su desenfrenado nivel de vida. Tenía un don natural para conocer dónde estaba la oportunidad de ganar dinero en cada momento, atento a cualquier tipo de negocio que pudiera reportarle beneficios y una vez encontraba la oportunidad se lanzaba a explotarla con todos los medios a su alcance. Por ello le llamaban “el Rapaz”, apodo del que terminó vanagloriándose hasta el extremo de hacérselo inscribir en su pesado anillo, como una seña de identidad. El fiscal, los jueces, la policía e incluso otros rivales de su misma calaña miraban a otro lado si se cruzaban con algún negocio en el que Capri estuviera inmerso.

Solicitar la ayuda del Rapaz había sido su último recurso. En los últimos días la situación se había complicado. Las noticias sobre los planes de los Estados Unidos en la isla se demoraban más de lo habitual desde que España se había visto forzada a abandonar su embajada en Washington y a trasladarse a Canadá. Apenas nada quedaba de aquella red de contactos perfectamente organizada que los servicios de inteligencia españoles habían tejido por tierra, mar y aire. Los servicios de contraespionaje yankis se habían hecho con un listado de agentes españoles infiltrados en las filas de los rebeldes cubanos. Su nombre aparecía perfectamente identificado en el listado, Mario Cabrera Valdés, además de dos de sus alias más utilizados. Mario necesitaba huir de la isla lo antes posible, pero no podía hacerlo sin una identidad nueva y documentación que la avalase.

Pedir un favor a Gabriel Capri no era una cuestión fácil para nadie, pero había un nexo común entre él y Mario que hacía que para éste resultara todavía más difícil. La conversación que mantuvo con el Rapaz unas horas antes se había quedado grabada en su memoria:

– Disfrútalo, lárgate de este manicomio en cuanto puedas.-El Rapaz le extendió su mano con un sobre cerrado y le guiñó un ojo con una media sonrisa irónica en los labios.

– No lo dude. Le doy nuevamente las gracias por permitirme aplazar la mitad del pago. Tan pronto llegue a Madrid reuniré el resto del dinero y se lo haré llegar.

– No te preocupes, no tengo duda alguna de que saldarás tu deuda, no te creo tan tonto como para no hacerlo. Además, somos de la familia, aunque Clarisa parezca haberlo olvidado. ¿Qué tal está mi hija? Un… pajarito me dijo que abandonó la isla hace unos quince días y que está cómodamente instalada en pleno centro de Madrid.

– Clarisa está bien. Siento lo que ocurrió entre ustedes. Vamos a casarnos y me gustaría que usted fuera el padrino.

La escena en el despacho de Capri daba vueltas en su mente cuando volvió a sentir la realidad como un cubo de agua helada. Dentro del sobre no había pasaporte alguno.

Confiar en aquel tipo sin escrúpulos había sido un error. Siempre le había hecho sentir culpable del distanciamiento con su hija, que fue acrecentándose a medida que Mario pasaba más tiempo con Clarisa, hasta que decidieron emprender una nueva vida lejos de Cuba.

Se aclaró la vista cuando observó una anotación en la cara interior del sobre. Una dirección anotada con tinta negra indicaba el nombre de un café cercano y el de un tal Gerardo. El Rapáz no iba a mancharse las manos teniendo en su poder documentación que pudiera comprometerle.

El “Cafe Lautrec” quedaba a cinco minutos escasos, que se convirtieron en tres gracias a las grandes zancadas que le llevaron hasta allí. Tras preguntar por el susodicho, el propio camarero sonrió y le pasó disimuladamente una cartilla desde detrás de la barra. Mario disimuló encerrándose en el cuarto de baño y observó el nombre con el que le embarcaría en el avión dentro de apenas dos horas: Daniel Belenguer.

Carlos Rosae, 2015
Todos los derechos reservados.

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