El lápiz mágico

A través de estas líneas, a modo de ejercicio recomendado por mi piscoterapeuta el dr. Bennet, expondré los hechos que me trajeron a mi actual paradero, el hospital psiquiátrico Springwoods.

Mi nombre es Robert Miller. Seguramente, estimado lector, me conozca por ser el autor del best-seller “El vigía de la atalaya”. El origen de mis problemas empezó poco antes de que ese maldito libro fuera publicado.

Todo comenzó diez años atrás, cuando trataba de escribir una novela que transcurría en los bajos fondos de la city londinense. Era una fría mañana de noviembre y caminaba alrededor de un antiguo almacén abandonado, entre los viejos edificios de ladrillo de lo que una vez fue una próspera zona industrial. La espesa niebla parecía atrapar con su denso manto las solitarias ruinas y amortiguar el sonido de mis pisadas. Mientras tomaba varias notas sobre aquel desangelado lugar, vi que un hombre de larga melena castaña y poblada barba me observaba impasible en la distancia. Debía ser uno de los vagabundos que dormían allí, por lo que decidí acercarme para hacerle algunas preguntas sobre su modo de vida. Apenas había dado dos pasos cuando el hombre huyó en dirección contraria, desapareciendo al doblar una esquina. En el último segundo, algo había caído de su roído chaquetón. Un simple lapicero. No recuerdo porqué lo guardé, quizás me atrajeron los extraños símbolos grabados en él. ¡Maldito sea aquel gesto!.

Semanas después, estaba dándole vueltas a un capítulo de mi futura novela, pero tenía un bloqueo monumental. No era capaz de acabar una sola página. El teléfono sonó, era un viejo amigo y mientras conversaba distraídamente, comencé a hacer garabatos sobre un papel de forma instintiva. Cuando colgué, aquellos garabatos comenzaron a tomar forma: eran notas con el esquema de lo que podría ser una gran historia. Absortó, solté el viejo lápiz y frente al ordenador comencé a desarrollar aquellas notas que fueron convirtiéndose en párrafos, páginas y capítulos.

Me ahorraré los detalles, pero la editorial que decidió publicar “El vigía de la atalaya” hizo que aquella novela estuviera entre las más vendidas del año y que fuera traducida a decenas de idiomas. Me convertí en el autor del momento, concedía innumerables entrevistas, asistía a infinidad de eventos, incluso llegó una propuesta para llevar mi libro al cine.

Pasó el tiempo y sentí la necesidad de volver a escribir. Mi editor, Paul Garret, me llamaba todas las semanas para preguntarme cuándo le sorprendería con un nuevo trabajo. Había dejado el listón muy alto, así que deseché muchas ideas. Sentado frente al ordenador no conseguía escribir una página completa. Al principio creí que se trataba de una cuestión de cansancio mental. Probé varios remedios, pero nada lograba sacarme de aquel odioso bloqueo. La imagen del teclado sobre el escritorio se fue nublando en mi vista, mi atención se concentró en esa barrita de grafito y madera. El origen de mi éxito había comenzado en aquellas breves notas, ¿Mi inspiración vino de aquel viejo lápiz? Era un pensamiento absurdo, pero estaba desesperado. Empuñé el lápiz sobre una hoja pero apenas garabateé algunas líneas mediocres. Arranqué aquella hoja y lo volví a intentar una y otra vez, durante varias horas, hasta que la papelera quedó desbordada. La idea de que aquel trozo de madera había sido el origen de mi éxito comenzó a tomar fuerza en mi mente. Me obsesioné con el lapicero hasta el punto de pasar horas y horas tratando de descifrar sin éxito los místicos símbolos grabados en él. Tenía el pulso acelerado, demasiado café y pocas horas de sueño se sumaban a la impotencia de no conseguir escribir una línea. El teléfono acabó estrellado contra la pared, su sonido parecía taladrarme las sienes. Las paredes de la habitación me ahogaban, todo giraba a mi alrededor. Sonó el timbre y llegué hasta la puerta chocando contra las paredes del pasillo. Giré el pomo a duras penas.

-Robert, ¿Te encuentras bien? Te he llamado varias veces.

Era Paul, mi editor. Abordado por una furia incontenible, me lancé sobre su cuello con los ojos inyectados en sangre. Por suerte para él, las fuerzas me abandonaron y la última imagen antes de perder el sentido fue el felpudo a escasos centímetros de mi cara.

Siento verdadera vergüenza por aquello y por otros hechos que sucedieron en los primeros días de mi ingreso en Springwoods. La terapia del Doctor parece estar consiguiendo resultados. En cualquier caso, nunca, absolutamente nunca volveré a escribir nada que no sea mi diario personal.

Carlos Rosae, 2015
Todos los derechos reservados.

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