La eternidad sobre el efímero papel

Sopló y la fina capa de polvo se disipó como pequeñas mariposas doradas, brillantes a la luz del mediodía, que viajaron por el cuarto hasta perderse más allá de las begonias del balcón. La encuadernación estaba ajada, las esquinas de las tapas se habían redondeado al pasar de mano en mano, de estantería en estantería, de un hogar a otro. Las páginas en su interior habían amarilleado ya muchos otoños atrás, resistiendo de forma estoica a su caída. El olor a tinta fresca recién salida de la imprenta había dado paso al amaderado, con notas de vainilla añeja. El autor había partido hacia el paraíso tiempo atrás, no hacia aquel lugar imaginario que hizo célebre en su novela cumbre, sino hacia ese lugar al que van los grandes cuando les llega su hora. Pese a todo ello, impreso en blanco y negro, junto a una pequeña reseña sobre el genio y su obra, Gabo seguía sonriendo como una bienvenida a aquel joven curioso que estaba a punto de adentrarse en su magia por vez primera.

Carlos Rosae, 2015
Todos los derechos reservados.

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La infusión

Un equipo de operaciones especiales había irrumpido en la casa al estilo de las películas americanas. La policía llegó más tarde, despertando con sus sirenas a medio vecindario. El perímetro había sido acordonado y varios curiosos se acercaban para tratar de averiguar lo que estaba pasando más allá de los setos del jardín.

Eduardo Barros rehuía la mirada del agente que lo interrogaba. Sentado en una silla y con las manos esposadas a la espalda, veía como registraban todas las dependencias de la casa abriendo puertas y armarios. Su mirada volvió a posarse sobre su taza favorita, que todavía humeaba en el centro de la mesa. Comenzaba a enfriarse.

Uno de los agentes extrajo la bolsita de la taza y la miró al trasluz, antes de etiquetarla como evidencia. Para su sorpresa, no contenía té, manzanilla ni ninguna otra hierba aromática, sino una extraña pulpa grumosa de origen incierto.

– Señor, venga, he encontrado algo.

El teniente se apoyó en la encimera, asomándose lentamente sobre el cajón abierto.Tras meses de investigación, al fin encontraban lo que estaban buscando. O al menos, parte de ello. El haz de la linterna iluminó los fragmentos desgarrados de tela, junto a varias bolsitas de té idénticas a la que habían visto antes. Un lienzo valorado en diez millones de dólares en la cocina de un aficionado a la pintura frustrado, en tratamiento psicológico y obsesionado con la obra de Munch. La infusión más cara del mundo.

Carlos Rosae, 2015
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Verano

La luz de la tarde formaba sombras caprichosas sobre las desgastadas rocas que emergían entre destellos de un mar sereno. Los únicos sonidos los producían el suave vaivén de las olas al acariciar la orilla y los ecos de las gaviotas, que resonaban entre los rojizos peñascos de la cala. Tumbada, sentía el calor de la arena, acumulado durante aquel largo día soleado.

Lejos quedaba el sonido de los teléfonos de la oficina, los correos electrónicos interminables y las prisas por terminar los informes.

Carlos Rosae, 2015
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