La infusión

Un equipo de operaciones especiales había irrumpido en la casa al estilo de las películas americanas. La policía llegó más tarde, despertando con sus sirenas a medio vecindario. El perímetro había sido acordonado y varios curiosos se acercaban para tratar de averiguar lo que estaba pasando más allá de los setos del jardín.

Eduardo Barros rehuía la mirada del agente que lo interrogaba. Sentado en una silla y con las manos esposadas a la espalda, veía como registraban todas las dependencias de la casa abriendo puertas y armarios. Su mirada volvió a posarse sobre su taza favorita, que todavía humeaba en el centro de la mesa. Comenzaba a enfriarse.

Uno de los agentes extrajo la bolsita de la taza y la miró al trasluz, antes de etiquetarla como evidencia. Para su sorpresa, no contenía té, manzanilla ni ninguna otra hierba aromática, sino una extraña pulpa grumosa de origen incierto.

– Señor, venga, he encontrado algo.

El teniente se apoyó en la encimera, asomándose lentamente sobre el cajón abierto.Tras meses de investigación, al fin encontraban lo que estaban buscando. O al menos, parte de ello. El haz de la linterna iluminó los fragmentos desgarrados de tela, junto a varias bolsitas de té idénticas a la que habían visto antes. Un lienzo valorado en diez millones de dólares en la cocina de un aficionado a la pintura frustrado, en tratamiento psicológico y obsesionado con la obra de Munch. La infusión más cara del mundo.

Carlos Rosae, 2015
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