“Verne” (un relato futurista)

Podía haber memorizado en cuestión de segundos cada uno de aquellos rudimentarios sistemas de almacenamiento en papel. Ocupaban mucho espacio, pesaban, su contenido no se podía editar, su acceso no disponía de medidas de seguridad… Los humanos los llamaban libros y aquel androide de combate no era capaz de entender el apego que en ellos despertaban. Tampoco podía comprender el placer que los humanos decían obtener con una tarea lenta y tediosa como era pasar sus ojos de forma pausada sobre aquellas marcas de tinta impresa en una estructura de celulosa.

Era una unidad DROAS (Droide de Asalto), concretamente la unidad DROAS MM15622 y había acabado atrapado en aquel edificio abovedado cuando trataba de repeler un ataque enemigo detectado por los espías pocas horas antes. El edificio se desplomó, pero los robustos y antiguos pilares mantuvieron en pie aquella gran sala, bajo toneladas de escombros. Sólo las minúsculas rendijas de luz que quedaban entre los bloques de cemento y los cientos de hierros retorcidos iluminaban aquella estancia que los humanos llamaban “biblioteca”.

El estruendo de las cargas enemigas cesó de pronto y un silencio sepulcral invadió la sala. Tras realizar un escáner de la estancia y realizar complejos cálculos sobre las probabilidades de salir de allí, la unidad MM15622 llegó a la conclusión de que escapar de aquella improvisada prisión era imposile. Empezó a contar las horas y después los días. Desconectarse no era una opción, lo habían programado para que aquella orden solo pudiera darse desde el centro de mando. Se acercó a las estanterías y comenzó a analizar aquellos objetos, que le eran del todo extraños. Cogió un primer volumen, uno de los más gruesos, y tras analizarlo por su visor obtuvo millones de datos extraídos de su contenido. Aquella información parecía haber sido introducida por un tal “Miguel de Cervantes” hacía más de mil quinientos años. No le impresionó lo más mínimo pero algo parecido a la curiosidad en sus circuitos hizo que volviera a abrir aquel volumen por la primera página y comenzara a pasar su visor lentamente por cada una de las palabras. Una sensación extraña le invadió cuando comenzó la segunda página, se percató de que estaba leyendo como un humano. Siguió avanzando párrafo a párrafo, los ceros y unos en su procesador fueron sustituidos por imágenes que él mismo creaba a partir de aquellos textos: paisajes, viajes, aventuras lejanas en el tiempo y en el espacio, historias que nunca viviría, personajes a los que nunca conocería. Eran sensaciones que jamás había experimentado y que parecían hacerlo comprender un poco más la mente humana.

Los días, las semanas y los años pasaron. Allí había una cantidad ingente de volúmenes que leer, cada cuál más interesante que el anterior. Comenzó a tener sus favoritos, que incluso releyó por el único placer de hacerlo. Desterró de sus circuitos el código binario para sentir el ansia de venganza de Edmundo Dantés, para viajar hasta el centro de la tierra siguiendo las indicaciones de Verne, para luchar contra un dragón de la mano de Tolkien, conoció a Long John Silver en “La isla del Tesoro”, se identificó con Robinson Crusoe deseando encontrar un Viernes que le hiciera compañía e incluso comprendió el origen de las leyes de la robótica a través de Isaac Asimov…

Habían pasado casi doscientos años desde el ataque. Un grupo de colonos trataba de reconstruir la ciudad, de la que sólo quedaban ruinas. Las grandes excavadoras retiraban los escombros cuando de pronto la antigua biblioteca emergió entre los cascotes. Parecía una burbuja en el tiempo, los libros, todo había quedado a salvo de la destrucción al desplomarse la bóveda. Un rayo de sol provocó un reflejo metálico en el centro de la sala. Un antiguo droide de asalto yacía boca abajo. Uno de los hombres se acercó, comprobando que su batería se había agotado muchos años atrás. Le sorprendió que no fuera un rifle de asalto lo que sostenía entre las manos, sino que parecía sujetar un viejo volumen encuadernado con tapas rojas. Cuando comprobó fue a comprobar el número de referencia, que todos los androides llevaban marcado en una placa en la superficie de su pecho, vio que el número identificativo había sido rallado con algún objeto punzante y que en su lugar aparecía grabado toscamente un nuevo nombre: “Verne”.

Carlos Rosae, 2015
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