Trotamundos

Había tenido una vida larga e intensa, estaba orgullosa de haber servido a varias generaciones de la misma familia. Viajes de placer, de negocios, mudanzas… aquella vieja maleta había atravesado mares y océanos, viajando en todos los medios de transporte posibles, visitando lugares elegantes y otros exóticos. El uso y el paso del tiempo habían dibujado en su piel un mapa de roces y marcas, pero su último dueño le tenía un cariño especial y se negaba a deshacerse de ella. Ahora había emprendido su último viaje. El trastero de Enrique sería su lugar de retiro, allí intercambiaría historias con otras viejas compañeras y podría dar consejos a los nuevos equipajes que todavía apenas habían visto mundo.

Carlos Rosae, 2015
Todos los derechos reservados.

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Obsesión

La casa llevaba un tiempo deshabitada. Apenas se percató de las docenas de cartas desperdigadas por el suelo de la entrada. La puerta hizo un ruido sordo cuando se cerró a sus espaldas y permaneció inmóvil unos segundos, concentrándose en el sonido de su respiración. Sus pasos resonaban a medida que avanzaba por el pasillo, que parecía no tener fin. La elegante puerta de madera de teca parecía alejarse cada vez más, así que inició una frenética carrera hasta que por fin agarró desesperadamente su pomo dorado. Lo giró lentamente y al abrir la puerta le invadió un olor acre. Todo era penumbra, a excepción de la poca luz que entraba por las rejillas de aquellas persianas de madera descolorida. Se acercó al escritorio hasta palpar la pequeña lamparita. Con cautela, tiró suavemente del cordón escuchando el leve “clic” y deslumbrado por la luz, tuvo que entrecerrar rápidamente los ojos. Pestañeó varias veces, distinguiendo una forma borrosa sobre la mesa. Forzó la vista hasta que la distinguió con nitidez y un nervio frío recorrió su espina dorsal haciéndole dar un salto hacia atrás, llevándose las manos a la cabeza. Aquello no podía seguir allí, creía que los meses de tratamiento en aquel hospital psiquiátrico habían acabado con ello, su mayor obsesión y la causa de sus males. Cientos de libros tirados por el suelo acumulaban el polvo y allí, sobre la mesa, la amenazante hoja de papel en blanco le desafiaba mientras el escritor se acurrucaba indefenso en el lado opuesto de la sala.

Carlos Rosae, 2015

“Mardi Gras”

Escuchó el silbido del proyectil sintiendo cómo la piel de su hombro izquierdo se desgarraba a medida que la bala continuaba su trayectoria. Agazapado tras los barriles de cerveza que se habían convertido en improvisado refugio, notó el calor de la sangre, que comenzaba a empapar su camisa. Tenía una enorme presión en las sienes, mezcla de la tensión del momento y de la botella de whisky de la que había dado cuenta la noche anterior. Al otro lado de la calle todavía quedaban en pie dos de los tres hombres armados que le perseguían. Había liquidado al tercero a los pocos metros de iniciar su escapatoria, justo después de eliminar al objetivo al que llevaba siguiendo meses, pero no contaba con que dos de sus escoltas estuvieran en el piso de abajo.

Había llegado a Nueva Orleans la mañana anterior. Sucio y cansado del largo viaje, dejó su maleta a medio deshacer en la cama y se acercó a la ventana apartando cautelosamente la cortina. No era fácil conseguir una habitación con vistas a Bourbon Street en las fechas del Mardi Gras, pero un cliente había cancelado su reserva el día anterior. Desde allí podía vigilar la entrada del “Magic 8-Ball”, el local donde se había citado con un contacto. El trazado de las calles, los edificios, todo lo que había memorizado durante semanas sobre planos tomaban ahora forma ante sí. Tras una ducha relajante y pedir algo de comida, se sentó a esperar. Cinco minutos antes de la hora acordada un hombre con una gorra de los “Pelicans”, el equipo de béisbol local, entraba en el bar donde debían verse. Robert guardó la pistola en su bandolera y se dirigió al punto de encuentro sin prisas, tratando de no llamar la atención.

Aquel antro era un lugar angosto y poco iluminado. En la barra se agolpaban media docena de parroquianos, tan enfrascados en su conversación que ninguno de ellos se giró cuando entró al local. En una de las mesas, alejadas de la barra, el tipo de la gorra leía el periódico.

¿Los “Pelicans”? Creía que eras un acérrimo de los “Cephyrs”.

Lo era, hasta la temporada pasada. Toma asiento y relájate, se te nota tenso. Acabo de pedir una botella de whisky y un par de vasos.

Por debajo de la mesa, el tal Angus entregó a Robert un plano turístico en el que había marcada una localización con unas notas. Los dos tipos estuvieron charlando animadamente durante casi dos horas de béisbol, de baloncesto y de otros temas irrelevantes, como si fueran dos viejos amigos habituales de aquel lugar. Al volver al hotel Robert tenía la vista borrosa y le costó concentrarse en aquel plano arrugado, que estuvo estudiando hasta que el sueño le venció.

Despertó sintiendo una taladradora en su cabeza, intentó despejarse y salió por la puerta del hotel ataviado como un turista, con la diferencia de la pistola que ocultaba en su chaqueta. Caminó hacia el viejo casino, cubierto por la hiedra. El enorme recepcionista que hacía un momento custodiaba la puerta se había ausentado los cinco minutos acordados gracias a la generosa “donación” que había recibido días atrás, por lo que llegar hasta la elegante puerta de teca del despacho no supuso un problema. Giró el pomo y apenas había distinguido la sombra de detrás del escritorio cuando la bala salió de la recámara, acompañada de una segunda. Corrió hacia la mesa en la que su víctima acababa de desplomarse y cogiendo impulso con su pie izquierdo saltó por el balcón, rodando sobre si mismo en su caída. Apenas se había reincorporado cuando vio a los tres hombres, guardaespaldas del narco, salir al exterior pistola en mano. Con un tiro a ciegas abatió al primero y emprendió una feroz carrera hasta llegar al porche del bar en el que se ocultaba ahora, tras recibir un balazo en su hombro.
Aquel lugar estaba muy transcurrido. Un grupo de gente ataviada con collares y ropas de estridentes colores comenzó a ocupar la calle. El desfile empezaría pronto y sus perseguidores no abrirían fuego en un lugar donde la presencia policial se había triplicado en los últimos años. Era su oportunidad para escapar, se confundiría entre la multitud y huiría de aquel lugar. El hombre que un año atrás había matado a su hermano cruelmente en aquella redada había caído por fin. Había cumplido su juramento. Sintió escuchar el sonido de la libertad. El desfile se acercaba. Los tambores comenzaron a sonar.

.Carlos Rosae, 2015
Todos los derechos reservados.

Escribí este relato en uno de los talleres de escritura creativa que mensualmente organiza  “Literautas” a través de su web http://www.literautas.com.